viernes, 24 de agosto de 2007

Una noche

Por Octavio Tomas.
Desde el borde de la calle apoyo un pie sobre el cordón, ella gira. Tiene el pelo recogido, la frente tirante. Da la vuelta, la escucho caminar a mis espaldas, arrastrando los pies. Después aparece por donde se fue, se queda parada frente a mí y apoya su mejilla en mi pecho. La abrazo. Se acerca a mi oído y me dice eso que siempre nos decimos y que sólo nosotros sabemos.
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Se está vistiendo, apurada. Busca en la oscuridad su remera; el corpiño no hace falta, a estas horas siempre lo deja en la cartera. Atravieso la habitación y me paro frente a ella, la miro fijo a los ojos. No son sus ojos, esos no son sus ojos. Cualquiera podría creer que siempre mira así, pero yo sé que no; aunque ella diga que no sé nada, que no conozco nada de su vida y sus penas, yo sé que esos, los de ahora, no son sus ojos. Intento decir algo y una mano me cruza la cara, suave y fuerte empuja mi cara hacia un costado, y un dedo índice se eleva a la altura de mis cejas. Que ya conoce a los hombres como yo, dice. Después esquiva mi cuerpo y agarra su cartera. De entre el corpiño saca un paquete de caramelos y me ofrece uno sin decir nada. Yo acepto, acepto porque creo que tengo que aceptar ese caramelo.
Salimos.

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Es la primera vez que la veo dormir. Y ni siquiera sé si esta durmiendo, porque es la primera vez que la veo dormir. Su respiración es ahora más fuerte y extensa. Si parpadeara tan solo un segundo podría verme acostado boca abajo, apoyado sobre mis codos, fumando y tratando de adivinar sus sueños o sus pensamientos. Tiene el brazo derecho extendido sobre las sábanas; el izquierdo está flexionado, con la mano apenas apoyada sobre la almohada y los dedos como agarrando algo que no está ahí. Miro sus piernas, que hasta hace un rato temblaban, asomarse apenas en un movimiento, el tiempo justo como para que yo sienta el placer de poder espiarlas. Sé que dije de más, o de menos. Sé que por pensar en lo que ella quería escuchar no dije nada. Y ahora busco la mejor manera de despertarla para que se olvide de todo, pero tiene buena memoria.

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Estamos haciendo el amor, sí, otra vez. Sé que ella lleva la cuenta. La segunda noche que estuvimos juntos se me ocurrió decir que era la segunda vez que estábamos juntos y me corrigió. Ahora está acá, abajo mío, y yo disfruto rodeando su cintura con un solo brazo. La miro a los ojos. Estos son sus ojos, los verdaderos; aunque diga que puede ser cruel, aunque quiera alertarme del abismo. En este instante, el único instante en el que somos sólo nosotros dos, encuentro sus verdaderos ojos: los que se entrecierran extasiados; los que se cierran de dolor y placer; los que espían mi boca abierta y observan de reojo su recorrido por mi cuerpo; los que me miran serios ahora, mientras hace una pausa sobre mí y se recoge el pelo con las dos manos; los que se abren al cielo o al techo en su cuerpo entumecido.
Y ahora acá, con mi mano todavía en su nuca, me pide que nunca la abandone. Y yo, que no podría hacerlo ni aunque quisiera, me quedo callado, cuando hubiera bastado con acercarme a su oído y decirle eso que siempre decimos, eso que sólo nosotros sabemos.

3 comentarios:

autobombo dijo...

che, pero qué bueno! un romántico el tipo.

bodhisattva dijo...

Muy bueno; real: lamento informarles que los acabo de ver haciendo el amor. Al menos a ella la vi haciendo el amor.

Ninna Salusso dijo...

Para Bodhisattva:

Oops!

Bueno. Me sonrojé.

Para autobombo(Preziozo):

Sí un romántico total!. Además un gran escritor.