martes, 2 de abril de 2013

Aunque no estés aquí

A mi padre, Henry Lorenzo Salusso.


Aunque no estés aquí siempre te llevo flores
Cuna de queso y pan, envuelta en mis colores
Aunque no estés aquí nos faltan tus malbones
Nubes que se verán en todos los rincones
Aunque no estés aquí se escuchan los gorriones

La plaza sigue igual en busca de cantores
Aunque no estés aquí he vuelto por tu noche
Luna de catedral rompieron corazones
Aunque no estés aquí te siento tan enorme
Que el tiempo seguirá encandilando el monte

Y entonces yo veré alma en canciones, así.

domingo, 10 de junio de 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

Semana 12

Nunca en la vida sentí un amor tan profundo como este, y eso que, todavía, no te conozco.

viernes, 27 de enero de 2012

En mi interior

Todavía no puedo creerlo. A veces me olvido y otras, cuando me despierto y voy al baño y veo que ahí estás, creciendo de a poco, haciéndome sentir bien y mal, comprendo que a partir de ahora todo va a cambiar. Todo. Ya no seré la misma. Nunca más. Ahora empieza un nuevo capitulo, pero de los de verdad.
Quizás, como me dijo H aquella tarde de desesperación y mucho calor, esta pequeña compañía llegó justamente para eso, para no estar sola nunca más, para conocer el verdadero amor.

sábado, 31 de diciembre de 2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

Invitaciones superfluas


Entre los libros viejos de la casa de mi madre encontré este texto que, alguna vez, leí en el colegio. Porque hay palabras que nunca pierden significado.


Por Dino Buzzati.

Querría que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mientras miramos la soledad de las calles vacías y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Por los mismos senderos encantados pasamos de hecho tú y yo con pasos tímidos, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, e idénticos genios nos espiaban desde las matas de musgo suspendidas de las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí quizá miramos ambos hacia la vida misteriosa que nos aguardaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez locos y tiernos deseos. «¿Te acuerdas?», nos diremos uno a otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirás confiada mientras fuera suenan lúgubremente las planchas de metal sacudidas por el viento. Pero tú –ahora me acuerdo– no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, embelesada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana ni golpeaste a la puerta del castillo desierto ni caminaste de noche hacia la lumbre que está muy muy lejos ni te dormiste bajo las estrellas de Oriente, acunada por la piragua sagrada. Tras los cristales, en la noche de invierno, probablemente permaneceremos mudos, yo perdiéndome en los cuentos muertos, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo preguntaría «¿Te acuerdas?», pero tú no te acordarías.
Querría pasear contigo un día de primavera, con el cielo de color gris y con el viento arrastrando todavía por las calles alguna hoja rezagada del año anterior, por los barrios de las afueras; y que fuese domingo. En esos lugares surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y en ciertas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas que no se saben expresar, propiciadas por los horizontes inmensos de detrás de las casas, de los trenes que huyen, de las nubes del septentrión. Nos cogeremos de la mano sin más y caminaremos a paso vivo, diciendo cosas tontas, estúpidas y entrañables. Hasta que las farolas se encenderán y de las tristes casas de vecindad saldrán las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, las soñadas novelas. Y entonces callaremos, siempre cogidos de la mano, pues nuestras almas se hablarán sin palabras. Pero tú –ahora me acuerdo– nunca me dijiste cosas tontas, estúpidas y entrañables. Ni puedes amar, por tanto, esos domingos que digo, ni tu alma sabe hablar a la mía en silencio, ni reconoces en el momento justo el encanto de las ciudades ni las esperanzas que bajan del septentrión. Tú prefieres las luces, la gente, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú y yo somos diferentes, y si vinieras a pasear ese día dirías que te cansabas; sólo eso, nada más.
Querría también ir contigo de veraneo a un valle solitario, riendo continuamente por las cosas más tontas, a explorar los secretos del bosque, de los caminos blancos, de ciertas casas abandonadas. Pararnos en el puente de madera a contemplar el agua que corre, escuchar en los postes del telégrafo aquella larga historia sin fin que viene de una punta del mundo y quién sabe dónde irá. Y coger flores de los prados y allí, tumbados sobre la hierba, en el silencio del sol, contemplar los abismos del cielo y las blancas nubecillas que pasan y las cumbres de las montañas. Tú dirías «¡Qué bonito!». No dirías nada más porque seríamos felices; nuestro cuerpo habría perdido el peso de los años, nuestras almas estarían rejuvenecidas, como si acabaran de nacer.
Pero tú –ahora que lo pienso– mirarías, me temo, alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinarte una media, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías «¡Qué bonito!», sino otras cosas insustanciales que a mí nada me importan. Porque desgraciadamente eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.
Querría también –déjame decírtelo– atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es de puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que va por el fondo del foso de las calles, ya colmadas de preocupaciones. Cuando recuerdos de edades dichosas y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la ingenua soberbia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasen a torrentes a nuestro lado. Nosotros despediremos sin saberlo un resplandor de júbilo y todos se verán obligados a mirarnos, no con envidia ni mala intención, sino sonriendo ligeramente, con ánimo bondadoso, gracias a la noche, que cura las debilidades del hombre. Pero tú –lo sé bien–, en vez de mirar el cielo de cristal y las aéreas columnatas iluminadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, las alhajas, el dinero, las sedas, esas cosas mezquinas. Y no repararás por tanto ni en los fantasmas ni en los presentimientos que pasan, ni te sentirás, como yo, llamada a una suerte de la que ufanarte. Ni oirás esa especie de música ni entenderás por qué la gente nos mira con benevolencia. Tú pensarás en tu pobre mañana y en vano por encima de ti las estatuas de oro de las agujas levantarán sus espadas a los últimos rayos. Y yo estaré solo.
Es inútil. Tal vez todo esto sean tonterías y tú mejor que yo sin pretender tanto de la vida. Tal vez tengas razón y sea una estupidez intentarlo. Pero al menos –eso sí, al menos– querría volver a verte. Sea como sea, estaremos juntos de algún modo y hallaremos la felicidad. No importa si de día o de noche, en verano o en otoño, en un pueblo desconocido, en una casa desnuda, en un triste hostal. Me bastará tenerte junto a mí. No estaré allí –te lo prometo– para escuchar los crujidos misteriosos del techo ni miraré las nubes ni haré caso a las músicas ni al viento. Renunciaré a esas cosas inútiles que yo, sin embargo, amo. Tendré paciencia si no entiendes lo que te digo, si hablas de cosas ajenas a mí, si te quejas de la ropa vieja y del dinero. No estarán allí eso que llaman poesía, las esperanzas comunes, las tristezas tan queridas del amor. Pero te tendré junto a mí. Y conseguiremos, ya lo verás, ser bastante felices, con mucha sencillez, hombre y mujer solamente, como pasa en todas partes del mundo.
Pero tú –ahora lo pienso– estás demasiado lejos, a centenares y centenares de kilómetros difíciles de franquear.Tú estás dentro de una vida que desconozco, y a tu lado están los otros hombres, a los cuales probablemente sonríes, como a mí en otros tiempos. Y poco tiempo ha hecho falta para que te olvidaras de mí. Probablemente ni siquiera alcanzas a recordar mi nombre. Yo ahora ya he salido de ti, perdiéndome entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que pensar en ti, y me gusta decirte estas cosas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Frase del día

"Si pensas mucho, se te explota el calefón"(Pitty Alvarez).

sábado, 17 de septiembre de 2011

domingo, 7 de agosto de 2011

Sin principio ni final

A Facundo Di Genova.


Te vuelves parte de mi ser en mis palabras
Estás aquí tocando el centro de mi alma
Como un eclipse sin final de sol y luna
Como lo eterno del amor en una alianza

Podría hacer que el mar se junte con el cielo
Para lograr la inmensidad que hay en su vuelo
Que me regala tu mirada y tu desvelo
Bajo la luna cuando danzas en mis sueños

Te voy a amar, y me amarás
Te amo sin principio ni final
Y es nuestro gran amor
Mi ángel de la eternidad
Te voy a amar y me amarás
Te amo y es mi única verdad
Y es nuestro gran amor
Lo que nunca morirá

La noche brilla con tu luz en la distancia
Tu imagen reina y es su brillo el que me alcanza
Me elevo en cada movimiento de tu sombra
Que baila cada vez que mi canción te nombra
Quizá esta vida se termine dando cuenta
Que es ella solo un momento de esta historia
Porque este amor no tiene tiempos ni fronteras
Porque este amor va más allá de mi existencia.

viernes, 29 de julio de 2011

Reina Batata

El fantasma


Me oprime, me quita el aliento, la respiración. Duele en lo más profundo, en lo más superficial. Gira por mi cabeza, da vueltas por el cuarto. Aparece en la cocina, en el balcón y en la terraza.
Me sigue a donde voy. Corre conmigo por todas partes. Lo extraño de todo esto es que ya no está presente, ni por acá, ni por allá. Pero está.
Desde mi ventana veo la sombra, siento sus pasos detrás de la puerta y escucho los ecos de aquel paredón.
Entonces me siento, rezo, pido y espero. Lo intento, juro y deseo. Pero nunca sucede. No desaparece. Sigue ahí. Hoy como ayer, espera en la puerta y sale conmigo, una vez más.

sábado, 16 de julio de 2011

miércoles, 13 de julio de 2011

La simuladora

Hace un tiempo recibí un comentario, en este mismo blog, de alguien que me recomendaba dejar el periodismo y dedicarme a otra cosa. En ese momento me enojé mucho e incluso creo que lo/la putié y hasta pensé en mandarlo/la a la mismísima mierda por ignorante, por no tener noción de lo que es una vocación.
Ahora pienso que, tal vez, ese mensaje no era más que una señal, alguien que me conocía en profundidad y que intentaba que, de una buena vez por todas, abriera los ojos para darme cuenta de que ése no es mi mundo. Comienzo a creerlo.
Resulta que me dí cuenta que no tengo las agallas para ser tan desalmada y mandar al muere a mis pares. Que todavía sigo creyendo en la palabra de los otros, que no me da la cara para hablar pestes de alguien y hacerme la desentendida para obtener algo a cambio. Sucede que para ganar este juego hay que tener garras y colmillos, y yo sólo tengo lo primero que, por cierto, a esta altura ya no sirven de nada.
Ahora que ya sé que me han cagado por todas partes, en todos los idiomas y en todos los colores me pregunto cómo hago para seguir adelante. Cómo simulo que nada pasó y que tengo semejante puñal clavado en la espalda.
Me sobran las ganas de sacarme un pasaje e irme bien lejos, dejarte colgada en la fecha indicada y meterte tus mil y un promesas por los ojos. Dejarte ciega, sorda y muda para que no puedas seguir diciendo las barbaridades que decís.
Puede que esté equivocada y que me esté desayunando una que se venía cocinando a fuego lento y con pimienta. Puede que haya nacido en el lugar y en la fecha equivocada y hasta que esta no sea mi profesión, pero alguien tiene que ponerte un límite.
Sé que esto es así: hay que poner la cabeza y aguantar el tirón. Es la ley de la selva y yo estoy fuera. Say no more.

martes, 7 de junio de 2011

domingo, 22 de mayo de 2011

Rito de domingo

Yo te soñé

Tardé en despertarme hasta que caí en la cuenta de que había sido un sueño casi tan real que podía sentir tus labios con los míos.
Cruzábamos la calle y nos quedábamos parados, mirándonos en silencio, mientras la gente corría apurada a sus trabajos, a sus quehaceres cotidianos.

Nada importaba. Ni la lluvia que comenzaba a caer inesperadamente.
Eran tus manos, tus ojos detrás de otros lentes.

Era tu boca. Eras vos.

viernes, 20 de mayo de 2011

Página 111.


Perdonar significa dejar de desear que el pasado sea diferente.

martes, 10 de mayo de 2011

jueves, 5 de mayo de 2011

Entre líneas

Nunca te lo dije, pero yo sé en lo que estás pensando cuando nublas tu vista y te quedas en un punto fijo. Lo sé y vos lo sabés. Entonces nunca falta el momento en el que te levantas, prendes un cigarrillo y te vas al balcón a fumar.

jueves, 28 de abril de 2011

Dani, el loco de Vilo


Cuando me mudé lo primero que me dijo la inquilina después de darme la bendita llave del departamento fue: “Ah, y seguramente te cruces con un muchacho que vive acá a la vuelta. No te asustes. Es inofensivo”.
A la semana siguiente tuve mi primer contacto con él. Iba para el supermercado y me lo crucé en la calle. Estatura media, canoso, anteojos de marco grueso marrón (como los que están de moda ahora, sólo que estos son originales, heredados de algún antepasado que evidentemente era miope), labios gruesos, bien gruesos, jeans gastados y polar azul.
Caminaba muy rápido, como si estuviera corriendo una de esas maratones en las que se camina muy ligero, pero muy ligero. Supuse que sería él. Efectivamente. Estaba frente a “Dani, el loco de Vilo” (ese fue el apodo que me permití ponerle una tarde de sábado mientras iba al chino). Debo admitir que al principio este Dani me causó gracia, pero una vez que pasó el tiempo y pude conocer un poco más de su historia me dio ternura.
Dani había nacido con una especie de locura incurable, de esas que no se quitan con psicofármacos ni internaciones, de las que estás medio tiempo en la Tierra y medio en algún planeta desconocido. Para el caso, no me preocupaba porque en verdad era inofensivo.
Trabajaba en el supermercado chino de la esquina llevando bolsas de mercadería a los clientes y de vez en cuando le hacía algunas diligencias al tintorero, también chino, que siempre le daba un té con vainillas. Extraña combinación. Cada vez que nos cruzábamos me saludaba e instantáneamente bajaba la mirada y salía disparado en sentido contrario.
Una tarde fuimos con H, una de mis más intimas amigas, a comprar vino para mi cumpleaños de 27. El supermercado estaba vacío, raro porque generalmente estaba repleto de gente. Buscábamos un vino rico para completar el arsenal de bebidas alcohólicas que nos esperaban para festejar lo infestejable (mis 27 fueron tristísimos, duros y tristísimos) hasta que H, medio riéndose y medio sorprendida me dijo: “Che…N…no te quiero asustar pero detrás de la góndola de galletitas hay un tipo que nos está espiando. Date vuelta disimuladamente…”. Y sí, era Dani que se escondía no sé muy bien de que, lo cierto es que cuando me miró salió corriendo como si hubiera visto al diablo.
Después de eso, no lo vi por un tiempo hasta que volví a cruzarlo cerca de la estación. Llevaba unas bolsas con verduras y caminaba, como siempre, muy rápido detrás de una señora gorda de pelo blanco que le gritaba a su perro “¡salí de ahí! ¿qué te dije, che? ¡salí de ahí carajo!”.
Nunca entendí bien que le pasó. Desde esa tarde no volvió a saludarme. Es más, cada vez que me ve sale corriendo. A veces me preguntó que pasará por su cabeza. Qué habrá visto en mí. Algún día antes de irme del barrio voy a preguntárselo.