Acá vamos de nuevo.
La hora justa. Esperando el momento y finalmente...¡Aparece!
Mismas palabras, típicas excusas. El libreto lo sé de memoria. Soy la mejor alumna. Si rindo exámen me saco un 100 sobre 100.
Saber lo que va a decir, la manera en la que me va a mentir, haciendo ese jueguito macabro (en un punto), sabiendo que yo lo sé, que , a esta altura, sólo puede causarme gracia porque de llorar ya me cansé.
No tiene prejuicios, ni cara, cero parámetros. De limites mejor ni hablemos, menos que menos de su memoria y, para colmo, poco corazón.
Sin embargo, basta que me escriba esa frase para que me rinda a sus pies.
Una vez le dije: "Esta, va a ser la última vez que me veas caer" y me respondió: "¿En dónde? ¿En mi sillón o entre mis brazos?".
Bien. Acá vamos otra vez.
Me habla. Le respondo. Me miente. Me sincero. Le confieso y me sigue mintiendo.
La misma opereta de siempre. Deja esa frase escrita y me dice que se va.
Acá vamos de nuevo.
Mostrando entradas con la etiqueta Veinte años no es nada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Veinte años no es nada. Mostrar todas las entradas
sábado, 9 de agosto de 2008
domingo, 6 de abril de 2008
Mano a mano (The end)
No existen palabras que describan este momento. No existen canciones que representen mi sentimiento.
Ya no hay nadie en este lugar. Sólo vos y yo y este beso eterno, especial y esperado. Podría sentarme en este mismo sitio y anhelarte veinte años más. Podría ponerme los lentes, una y mil veces, tan sólo para que me los quites de esa forma y me confieses de cerca y en voz baja que te gusta como me veo con ellos.
Ojala pudiera parar el reloj y quedarnos así, exactamente así: acostados, mirándonos a los ojos.
¡Qué importa lo que pase allá afuera!
¿Sabés cuántas veces fantasié esto? Soñaba con estar entre tus brazos y que me acaricies. Te espiaba a lo lejos, mientras vos obviabas mi presencia. Sin embargo mi mente creaba momentos con vos. Soñaba con ser la destinataria de tus miradas y de tus palabras.
Ahora te tengo a mi lado y no pienso dejarte ir.
Te beso. Yo también lo hago por que mi boca sin tus besos se seca. Entonces me besas y me confesás que siempre te gusté.
Tengo ganas de gritar de la alegría. Quiero salir a correr por las calles de este barrio y que los vecinos se enteren de la existencia de este loco amor.
Ahora reina un silencio absoluto en tu cuarto.
Mientras vos dormís salgo al balcón a mirar las estrellas. El cielo está limpio, corre un aire fresco y reconfortante. En cuestión de segundos un destello luminoso cruza el cielo. “Quiero que esta noche sea eterna” ¿Podrías concederme ese deseo? ¿Podría despertar mañana, abrazada a él, en este mismo lugar?
Me acuesto a tu lado tratando de no despertarte. Apoyo mi cabeza en tu pecho, puedo sentir los latidos de tu corazón.
"¿Tenés frío?", preguntás. Me tapas hasta la cintura y me besas en la frente. Tu brazo rodea mi cuerpo.
Yo, cierro los ojos y pienso que si esto es un sueño, entonces quiero imaginarlo por el resto de mis días.
sábado, 15 de marzo de 2008
Mano a mano (Parte II)
Tres pisos en absoluto silencio. No te miro. Te hablo, pero no te miro. Vos sí lo haces. Aunque también estás nervioso levantas la vista y me mirás. Mientras tanto, el ascensor sube lentamente.
Entro a tu casa. Es tal cual la imaginé. Me siento en el sillón y me ofreces algo de tomar.
Te miro. No puedo creer que esté sentada en tu living, espiando cada recoveco de tu casa. Observo tus fotos, los cuadros, los adornos ¡Tenés adornos!
Es muy raro todo. Salgo al balcón porque necesito aire.
Tengo ganas de confesarte que moría por verte. No sabes cuánto esperé este momento. Tanto que, ahora que llegó, me dan ganas de salir corriendo por esa avenida. La misma que da a tu balcón. Pero no puedo confiarte semejante pensamiento. No debo hacerlo.
Mientras cocinas me contás sobre tu vida. Para ser honesta no puedo concentrarme en lo que decís. Te veo cortar las verduras y aunque estoy en tu cocina, mi cabeza está en otro lado.
Contemplo tus ojos. Focalizo en tu boca y tus gestos.
El tiempo pasó, pero seguís igual. Tu risa es la de siempre, incomparable. Ahora recuerdo cuánto me gustaba escucharte reír.
La mesa está servida para dos. Velas, mantel colorado y una botella de champagne acompañan el momento. De a ratos pienso que estás intentando seducirme, pero después te ponés en esa pose de “amigo copado” que no te queda nada bien.
No me importa. Hoy, pase lo que pase, estoy dispuesta a disfrutar.
Antes de venir pensé en miles de cosas: cómo sería el reencuentro, de qué hablaríamos, cómo comería y cómo me sentaría a tu mesa. También cómo iba a impresionarte, pero ¿Sabés qué? Ahora que te tengo cara a cara prefiero ser natural.
La charla continúa. Te gusta hablar. Mejor dicho, te gusta saber. Sin reparos preguntás cosas. Algunas te las cuentos, otras prefiero guardarlas.
Es todo tan especial que no quiero arruinar el momento. La estoy pasando tan bien.
La verdad : no puedo dejar de mirarte y estoy más nerviosa que cuando llegué.
Ahora sé que tu belleza sigue intacta. Tu piel desprende un rico aroma. En definitiva seguís apuesto como siempre y, me atrevería a decir, aún más.
La cena estuvo increíble. La sobre mesa, mejor.
Estoy sentada a tu lado. Los dos, en completo silencio miramos las fotos que cuelgan en la pared. Puedo sentir tu perfume, otra vez. Estamos cerca. Hombro con hombro, pero nos miramos de reojo. Los dos lo sabemos.
Todavía no logro descifrar tus intenciones: si es una cena de amigos o es terminar con algo que quedó pendiente. Me pregunto si te morís por besarme.
Me recuesto en tu sillón boca arriba. Te recostás a mi lado de la misma manera, sin tocarme ni rozarme. Los dos seguimos en silencio hasta que suena ese tema en la computadora ¿Podrías haberlo hecho a propósito? No lo sé. No me interesa. Este momento es tan perfecto que nada importa.
Miro mi reloj. Creo que ya es hora de que me vaya. Mañana tengo un día largo, terrible y demasiado largo.
Qué momento tan desafortunado el de la despedida. Un beso, un abrazo y a caminar por la avenida. Esta noche quiero caminar. Lo de recién fue demasiado fuerte como para pasarlo por alto. En realidad, no sucedió nada. Creo que para mí fue más importante. Es que después de veinte años comí en tu mesa, espié tu pasado y me senté a tu lado.
¿Volverás a llamarme? No lo sé, pero me llevo tu recuerdo, hermoso por cierto. Me quedo con tu aroma, tu abrazo infinito y tus palabras ¡Qué agradable suena mi nombre cuando vos lo pronuncias! Nunca nadie lo convirtió en algo tan, pero tan maravilloso.
sábado, 8 de marzo de 2008
Mano a mano
Veinte años no es nada.
En veinte, miles de amores me dejaron y cientos arrojé, tan lejos como pude.
Muchos amigos se fueron y otros llegaron para sumarse a los que ya estaban asentados sobre mis mismas bases.
En veinte, mi padre cambió de auto unas cuentas veces y vos te subiste a varios de ellos.
Por ésa época tus padres y los míos adquirieron un departamento que, casualmente, tenían la misma letra, estaban ubicados en distintos pisos, pero en un mismo edificio.
Justo a la mitad de la veintena cumplí quince y vos estabas ahí. Bailamos el vals. Todavía, recuerdo tus ojos mirándome como si no entendieras nada. Fuiste el último de la fila. Pedías auxilio. Tenías vergüenza. A mí no me importaba nada. Yo era feliz. No sé cuanto tiempo estuvimos dando las vueltas clásicas del vals. Creo que fueron unos cuantos minutos. Sin embargo, para mí fueron segundos.
Dos años más tarde, en una navidad, tuviste el coraje de decirme lo que te pasaba. Yo estaba acompañada, muy bien acompañada. Así que hice tripa y corazón y me fui.
¿Dos décadas? Para mí no fue tanto tiempo. El calendario debe estar equivocado. De todos modos, no me importa.
Crecimos. Eso parece.
Una carrera tocó a mi puerta y, hoy, me tiene presa de ambición. Vos tuviste otras historias. Varias, diría yo. Viajes, anécdotas y otras vivencias. Lo que hace que, hoy, seamos como somos. Estos.
Veinte años es mucho tiempo.
Ahora estoy en camino. Estoy nerviosa. Mis piernas tiemblan. Me pongo rouge. No quiero parecer tan pequeña. Aunque ya no lo soy. Ahora, soy una mujer.
Sentada en la parte de atrás de este auto pienso ¿Qué pensaras cuando me veas?
Tengo miedo. Igual, acá estoy.
¿Quién lo hubiera dicho?
Veinte, por este momento.
No me importa qué sucederá. Es la primera vez que no pienso en eso.
Bajo del auto. Estoy parada frente a tu puerta. Toco timbre. Se oye tu voz: “Ya voy”.
Desde afuera del edificio veo como el ascensor baja los pisos: 3, 2,1 y PB.
Miro a la calle. No quiero verte, pero muero por hacerlo.
Escucho el ruido de la puerta que se abre. Volteo y ahí estás vos.
“Veinte años”, pienso.
Acá, estoy yo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)